jueves, 19 de diciembre de 2013

The Jammers 012: Fortress around your heart (Parte 2)





(Portada: Natalia Cano)



This prison has now become your home
A sentence you seem prepared to pay

Sting. The Dream of the Blue Turtles

¿Dónde estábamos? Ya estoy. Lo que en principio iba a ser una aburrida visita formal a un satélite artificial, en el que teníamos la esperanza de realizar un directo multitudinario, empezó a adquirir interés cuando aterrizamos y nos quedamos maravillados con la extraña y atmosférica arquitectura con que su creadora, Andrea Turm, lo había diseñado. Luego de darnos una vuelta por los recovecos del satélite nos dejó solos para que nos perdiéramos, según sus propias palabras metafóricas.

Sólo que la metáfora acabó volviéndose real, y cuando ya llevábamos un buen rato dando vueltas sin rumbo ni destino, un cañón apareció de uno de los edificios con la malsana intención de vaporizarnos.

Por supuesto un miserable trasto láser de pared no era rival para prácticamente ninguno de nosotros, pero luego apareció otro, y otro, y otro más, todo ello para dejarnos patente que estábamos echando una competición para ver qué se agotaba antes, si la reserva armamentística del satélite o nuestras fuerzas.

Tuvimos también un recital improvisado de Turm en persona, conectada al mundo que nos alojaba en el sentido literal de la palabra. Según ella, era tanto como si sintiera hasta la última máquina que albergaba en su interior.

Eso fue hace unos cuantos minutos, cuando Distorsión calculó que cada edificio podía alojar alrededor de miles de esos cañones del demonio.

Y un poco antes de que los cañones empezaran a aparecer por docenas y con las mismas malas intenciones que los que habíamos frito hacía un rato.

Pero antes de continuar narrando lo que ocurrió me gustaría pararme un momento a explicar de qué manera funciona el aguante de nuestros poderes.

Hace la tira de tiempo existía un deporte llamado ping-pong. Un juego tedioso, exasperante hasta lo indecible —al menos para mí— en el que se empleaban unas palas para golpear una ridícula pelotita de plástico. Era un clásico, para matar el rato, coger la pala en posición horizontal y hacer que la pelota rebotara una y otra vez sin que cayera al suelo. Era fácil repetirlo diez veces, y veinte, y treinta. Pero cuanto ibas por varios cientos ya empezabas, más que a cansarte, a hastiarte por completo. La concentración fallaba, la bola empezaba a rozar los laterales de la pala, y uno lo acababa dejando porque, decía, se aburría, pero en realidad era debido a que era completamente incapaz de aguantar un solo minuto más.

Algo así era lo que le estaba pasando a Distorsión y Overdrive. Cada uno de ellos estaba en un lateral del grupo. Distorsión freía los chismes de la derecha, Overdrive desconectaba los de la izquierda. En el medio estábamos, en fila india, detrás Delay, el segundo Fase, y la primera yo. Vigilaba que ninguno de esos aparatos llegase nunca a disparar, y si alguno lo hacía, creaba un campo que nos protegía a todos y rebotaba el tiro en cualquier otra dirección. El problema era que, al envolver a los cinco, si Distorsión u Overdrive querían cargarse ese trasto en concreto tenía que bajar la burbuja, y si no nos coordinábamos bien podía haber graves consecuencias al respecto.

Mis poderes, por otro lado, son factor del aguante, no de la constancia. No era difícil hacer lo que hacía; lo complicado era hacerlo durante un rato prolongado. Aunque también es verdad que si quería probar algo más que lo meramente básico —barrera cercana de protección de forma más o menos indiferente— eso sí suponía un esfuerzo adicional por mi parte. Pero dado que no había nadie a quien pudiera herir, en ese sentido podía tomármelo con calma.

El ritmo de aparición de esos trastos era poco menos que demencial. Había muchísimos de ellos y nunca dejaban de surgir más. Llegué a tener la sensación de que eran infinitos, como en un videojuego. Y claro, aunque seas el mejor del mundo jugando, en la vida real basta un solo fallo, uno solo, y a la mierda, Game Over.

Probamos a correr, por si de ese modo mejoraba nuestra situación, pero había dos problemas. El primero, que el cansancio de Distorsión y Overdrive aumentaba. El segundo, que los cañones calculaban nuestra trayectoria en movimiento. No apuntaban donde estábamos, sino donde calculaban que estaríamos.

Al menos no nos dio por separarnos para explorar. En ese caso la vida de Fase, por ejemplo, no habría valido un miserable qin.

Llevábamos casi media hora sin hablar. ¿Para qué? ¿Para constatar lo chungo de nuestra situación? ¿Para desconcentrarnos y que todo acabara? Pero algo estaba claro en la cabeza de todos: había que cambiar el chip, no podíamos estar así para siempre.

Fue más o menos en ese momento cuando volvimos a escuchar la voz de nuestra enemiga.

‘Sois resistentes, pero todo el mundo acaba por cometer un traspiés. Aun así, os felicito. Aunque estuvierais a punto de caer el tiempo total que habéis aguantado es merecedor de ser tenido en cuenta.

—Esto es como un videojuego —dije en voz alta para mí misma—, sólo que no está pensado para darnos opción a ganar.

—Tus armas no durarán eternamente —amenazó Distorsión.

‘Tienes razón. Pero a la vista de los últimos minutos, lo más probable es que duren más que tú.

Después de eso, silencio de nuevo. Otra vez solos, aunque sabíamos que estábamos constantemente vigilados.

—¿Cómo hace para vernos? —pregunté.

—No nos ve, nos detecta. No necesita cámaras para saber dónde estamos ni lo que hacemos —respondió Distorsión, aún reventando cañones—. Es el momento de hacer tormenta creativa.

—Peguémonos a un lateral —propuso Fase—. Así sólo habrá que ocuparse de un lado.

—Negativo —objetó Overdrive—. Tienen autonomía para apuntar hacia abajo y nosotros, por otro lado, perderíamos visibilidad. Llamemos a Adrian, que nos saque de aquí con el Acorde.

Distorsión negó con la cabeza.

—Ya lo pensé, pero las comunicaciones están interceptadas. Y aunque Fase ingeniara un método usando tanto sus conocimientos como sus poderes, el Acorde no podría pasar la doble cúpula por sus propios medios. ¿Qué podemos hacer, Delay?

—Nada.

—Vaya, siempre tan optimista —comenté.

—No, digo que no hagamos nada. Hay miles de cañones en cada edificio, ¿verdad? Bien, no nos movamos de aquí. En algún momento se acabarán en este sector.

—Esa es una buena idea —agregó Fase.

De modo que así hicimos. Nos preparamos para freír todo trasto que se nos pusiera a tiro hasta quedarnos solos. Salieron un par por un lado, otro par a lo lejos.

Y ya no salieron más.

—Nos escucha —explicó Distorsión—. Antes que sacar toda la artillería a la vez, los sacará a ratos con la esperanza de pillarnos desprevenidos. Nos relevaremos, entonces. Overdrive, tú reventarás los cañones que salgan. Delay, tú serás sus ojos en la espalda y gritarás si alguno se escapa para que Echo nos proteja de manera automática. Nosotros tres… seguiremos pensando.

Así estuvimos durante un buen rato, pero tardé en comprender que más que planes, lo que formulábamos eran vagas conjeturas.

—Dijo que teníamos que ir a un anfiteatro —recordó Distorsión—, pero puede que ese lugar ni siquiera exista. Tenemos que ir donde esté escondida y desconectarla.

—Ella vino en ascensores —sugerí—. Alguno tiene que permitirnos bajar.

—Cada ascensor está a gran profundidad, sin duda, por lo que no podemos ni sentirlo —objetó Distorsión—. Y aunque encontráramos una compuerta de entrada, apagarla o inutilizarla sólo nos cerraría el camino. ¿Fase? ¿No hay manera de que trastees con ellas para que las abramos manualmente?

—Para eso tenemos que encontrar alguna clase de dispositivo que pueda manipular, y no hemos visto nada así hasta ahora.

De modo que no habíamos avanzado nada de nada, pero al menos ya teníamos un objetivo: encontrar una entrada en el suelo. Algo con lo que Fase pudiera juguetear para abrirnos el camino al núcleo.

Sólo una cosa me tenía preocupada: si fuera esa la solución, ¿no nos habría dado Turm la pista al usar los ascensores? En todo caso no había nada mejor que pudiéramos hacer, por lo que de nuevo nos pusimos en camino y seguimos andando.

‘Bien, veo que habéis cambiado la estrategia. Esto será más divertido entonces. Comienza una nueva etapa de vuestro viaje.

Los cañones volvieron a disparar a toda potencia y con plena regularidad. No era algo que no nos pillara por sorpresa, por otro lado.

Que el suelo se abriera con violencia en cuanto di el siguiente paso sí que no lo esperábamos.

Logré mantener el equilibrio y me eché hacia atrás. Como iba en cabeza los demás se detuvieron a tiempo. Pero la plancha de metal ya caía en picado hacia el lugar al que buscábamos llegar, sólo que de manera menos directa.

Me asomé al fondo. Pinchos. Pinchos, joder. Había que ser muy retorcido para comportarse de esa manera, tener mucha mala uva almacenada en el interior. Lo que me hizo replantearme una pregunta.

—¿A ti qué se supone que te pasa, tía? ¡Sí, te hablo a ti, pija estirada! ¿Qué te hemos hecho para odiarnos tanto?

Los cañones pararon. Hubo un silencio atronador durante varios segundos.

‘¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? Vosotros que no sabéis lo que es el sacrificio, el esfuerzo que supone darlo todo por la profesión que practicas. ¡Vosotros, que sólo sois unos hippies que esperan estar un par de años en el Top Ten de las listas! ¡Yo creo mundos! ¡Lugares que quitan el aliento a quienes los visitan!

—Ya veo —replicó Distorsión—. Tu carrera se fue a pique porque rechazamos tu encargo, ¿verdad?

‘¿Mi carrera? ¿A pique? ¡Ni hablar! ¡Pero vosotros sí que vais camino del abismo!

Y después de eso, dejó de hablar. Vuelta al bucle que cada vez se hacía más difícil de sobrellevar.

—Esto no funciona —dije, desesperada—. Ahora no sólo tenemos que vigilar a los lados, sino también abajo. ¡Tendremos que ir aún más lento!

—Tranquila, Echo —dijo de repente Delay, tratando de calmarme, pero el hecho de que hablara de esa manera era muestra patente de lo complicado de nuestra situación—. Eso es lo que busca ella, ponernos nerviosos para que cometamos un error. Yo iré delante. Para que el suelo ceda tiene que activarlo de alguna manera. Estaré alerta y, en cuanto vea el menor signo de actividad, ralentizaré el mecanismo.

—Eso requiere muchísimos reflejos, Delay —objetó Fase—, y creo que sería inútil. Claramente es un dispositivo que funciona por peso.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —se preguntó Overdrive, aún concentrado en su tarea.

—Fácil —dijo Fase con sencillez—. Si lo activara cuando quisiera, lo hubiera hecho con todos encima de la plancha, no justo cuando Echo empezaba a entrar en ella.

Le miramos todos durante un segundo, cavilando. No era mal razonamiento.

—De acuerdo —terminó por zanjar Distorsión—. Echo, Delay y tú, formad una cadena humana. Sea cual sea la manera en que el suelo se abre a nuestros pies, eso será mejor que nada para proteger al que vaya por delante. Y si Fase se equivoca y caemos todos… un placer haber compartido bolos con vosotros.

De ese modo seguimos avanzando con lentitud cada vez mayor, pero sin detenernos en ningún momento. Sin embargo, al cabo de horas y horas de movernos de esa manera, de evitar disparos de cañones, de que varias veces estuviera el suelo a punto de tragarnos, volvimos a quedarnos quietos y en punto muerto, agotados.

—Es inútil —dijo esta vez Overdrive, sin duda uno de los que más acusaba el transcurso del tiempo—. No hay manera de llegar al núcleo.

—Tiene que haberla —trató de animarle Distorsión—. Ella es arquitecta, crea lugares habitables, no cajas sorpresa. Si los ascensores fallaran tendría que haber otro modo de entrar, un acceso manual.

‘Lugares habitables… —escuchamos nuevamente—. Qué burda manera de referirse a los espacios que proyecto. Sí, Distorsión, yo creo lugares habitables, como los llamas, pero a tu amiga no le pasó desapercibido que estos edificios no tenían puertas y ventanas, y eso es porque no tenían que ser viviendas, eran monumentos. Todo este satélite era un monumento colosal, se suponía que iba a ser la obra maestra de mi carrera. Pero por vuestra culpa he tenido que rebajarme a hacer casas para gente que será incapaz de apreciar el trabajo y la maestría que se ha puesto en su elaboración.

—Hablas mucho, pero seguimos sin saber qué es lo que hicimos exactamente nosotros —insistió Distorsión.

‘Tienes razón, mercenario de pacotilla. Por eso, y porque vuestro final está cerca, os lo contaré. Ya habrás deducido que tuve que indemnizar a mi cliente por no poder cumplir los pagos a tiempo. Lo que no dedujiste es que trabajaba en un estudio. El estudio de mi padre, Horace Turm, ni más ni menos. ¡Y no entré por afinidad sanguínea precisamente! Me puso los mayores obstáculos, los retos más complicados. Y yo se lo agradecí, porque no quería que nadie hablara a mis espaldas de que había recibido trato de favor alguno.

»Pero cuando el estudio, en mi nombre, tuvo que pagar a mi cliente, él decidió prescindir de mí. Mi reputación se puso en entredicho, todo el mundo empezó a plantearse qué habría hecho para que mi propio padre me despidiera. Tuve que rebajar mis exigencias, mis honorarios y mis aspiraciones artísticas. ¡Por no hablar de la humillación a la que me sometieron mis iguales, no, mis inferiores en la profesión!

—¿Sabes una cosa? Tú dirás lo que quieras, pero en cuanto dejaste de estar a la sombra de papá nadie daba un pavo por ti —dije usando una antigua expresión de los ochenta que nadie más que yo iba a entender, pero cuya hostilidad quedaba clara.

Muy clara, de hecho. Cientos de cañones surgieron al mismo tiempo y nos apuntaron de todas direcciones.

‘A la sombra de papá, ¿no? Bien, veremos cuánto aguantas tú sin estar a la sombra de tus amigos.

Los cañones dispararon al unísono, y desde el primer momento la única oportunidad fue que rebotara los tiros que venían de todos lados. Se montó un verdadero caos con disparos por todas partes y un sonido ensordecedor. Los haces láser salían rebotados en todas las direcciones, a menudo impactando en otros cañones por el único motivo de que había tantos operativos que por mera suerte a veces daban en el blanco. El fuego era muy sostenido y cada vez más fuerte, y sin que Distorsión ni Overdrive pudieran ayudarme teníamos los minutos literalmente contados.

—¡Si alguien tiene una idea genial, que no se la guarde! —replicó Fase.

—Yo sólo tengo una observación —dije con esfuerzo, como si estuviera aguantando un peso enorme sobre los hombros—. ¡Si nos está haciendo esto ahora es porque estamos realmente cerca de nuestro objetivo!

—Echo tiene razón —razonó Distorsión, más calmado. Resultaba irónico verle pensar y hablar con tranquilidad a pesar de que docenas de disparos impactaban sobre nuestro escudo invisible sin piedad—. Algo hemos dicho que la ha puesto en alerta… hablábamos de buscar un acceso alternativo, una entrada que nos haya pasado desapercibida…

De repente miró al frente, como iluminado por una luz divina, y se giró hacia Delay.

—¡Echo, hacia la pared!

Así hice, corriendo hacia el edificio más cercano. El fuego era cada vez más insostenible, pero logramos nuestro objetivo, colocándonos a pocos metros de un cañón que estaba a nuestra propia altura.

—A mi señal, amplía la barrera para meterlo en nuestro radio. Overdrive, Fase… ¿lo captáis?

Asintieron con la cabeza, y no hubo más dilación. Cada segundo era crucial, puesto que nuestra enemiga controlaba todos nuestros movimientos.

—¡Ya!

Amplié la barrera, y nada más hacerlo, Overdrive apagó el fuego del cañón. Imagino que Turm entendió lo que pretendíamos hacer porque trató de retraer el cañón y cerrar el hueco por el que se asomaba, pero Delay ralentizó su movimiento y se empezó a mover a cámara muy lenta. Distorsión buscó un asidero en el arma y lo cogió con firmeza. Después de eso me agarró de la cintura con fuerza. Yo cogí las dos manos izquierdas de Overdrive, y así nos aferramos unos a otros hasta que todos estuvimos encadenados como en una cordada.

—Esto va a doler —advirtió Delay, ya incapaz de aguantar por más tiempo—. Tres, dos, uno, ¡despegue!

Dejó de retardar el cañón y salimos poco menos que escopetados hacia el hueco justo antes de que se cerrara tras nosotros. Una vez dentro recorrimos varios metros más, en lo que el cañón volvía a su posición original, a través de un estrecho túnel metálico contra el que golpeábamos a menudo. Turm no había cometido el error de hacer un túnel grande por el que pudiéramos escapar, como los villanos de las series que veía cuando era pequeña; el túnel tenía que tener el tamaño del hueco o de lo contrario el cañón no podría salir, pero al margen de eso, trató de estrecharlo lo máximo posible.

Llegó por fin un momento en que el cañón se preparaba para ascender y ese fue el indicativo de que habíamos llegado a nuestra parada. Distorsión se soltó y nos pegamos un leñazo desde unos dos metros de altura, más o menos. Estábamos doloridos pero aún de una pieza.

A partir de ahí todo consistió en reptar por aquel laberinto en miniatura hasta conseguir salir a terreno más amplio. Alguna salida tenía que haber ya que, de fallar un cañón, otro podía colarse por su hueco para sustituirle, y de ese modo fuimos avanzando hasta que encontramos una especie de escotilla a un metro de altura, casi a ras de suelo. Una patada por parte de Distorsión despejó el camino y el resto fue cosa de un pequeño salto con escalada por parte de cada uno de nosotros.

El interior del edificio estaba a oscuras salvo la luz que se filtraba a través de las secciones superiores de vidrio. El conglomerado de túneles era tan intrincado que interrumpían constantemente nuestro caminar a distintas alturas. Los cañones estaban muy arriba, y los niveles inferiores, en contra de lo que suponíamos, estaban desprovistos de armas. Había mucho de fachada en la impostura de nuestra enemiga.

La mirada de todos estaba en el suelo, y a menudo las manos también, para palpar posibles accesos, entradas, lo que fuera. Pero sólo encontrábamos polvo, remaches oxidados, vidrios rotos y otros restos ocultos de la grandeza de una obra que no era más que pura apariencia.

Finalmente Fase logró reconocer un panel numérico disimulado bajo el suelo. Después de todo lo que habíamos pasado decirnos que le llevaría un tiempo descifrarlo fue lo más parecido que habíamos escuchado a que todo iría sobre ruedas.

Levantamos la compuerta y nos encontramos una sencilla, prosaica y práctica escalera de mano que descendía hasta más allá de donde éramos capaces de alcanzar con la mirada. Distorsión bajó el primero y yo justo detrás de él, para cubrirle en caso necesario. Overdrive fue el último, por si el peligro viniera de arriba, y de este modo bajamos poco a poco varios cientos de metros, con paradas ocasionales en varios descansillos, hasta alcanzar el nivel más bajo posible, el más cercano al núcleo muerto del trozo de piedra original que era aquel satélite.

Debo admitir que, aunque era nuestra enemiga indudable, el talento de Andrea Turm no podía ser puesto en duda. El interior del satélite era algo que ningún visitante vería jamás y aun así había sido diseñado como si en sí mismo fuera algo digno de contemplación. Los pasillos eran abovedados y vidriados y permitían ver la estructura de piedra porosa y grisácea que formaba el núcleo, como un paisaje alucinante que sólo se podía contemplar y no visitar, lleno de cuevas, recovecos y pasillos sólo alcanzables con la imaginación. El suelo mezclaba el metal con la propia roca original, pareciendo como si avanzáramos por uno de esos mismos pasillos externos, pero la realidad era que el camino era a medias natural, a medias artificial, con planchas metálicas que completaban la ruta en el suelo y pasillos rocosos cortados en dos al paso del túnel transparente por el que avanzábamos.

Aunque había ramificaciones similares a aquella por la que habíamos bajado, cientos y cientos de ellas, la dirección central estaba clara. La ruta, por otro lado, había disminuido notablemente su longitud con respecto a la de la superficie, gracias a la disminución del radio a medida que bajábamos, como nos hizo notar Distorsión.

Una amplia puerta semiesférica se interponía entre nosotros y nuestra oponente, pero no hizo falta abrirla. Nada más estuvimos a escasa distancia se elevó y nos dejó ver a la causante de uno de los peores momentos que habíamos pasado recientemente, pistola en mano.

—De modo que habéis llegado —dijo avanzando un par de pasos, colocándose a apenas un par de metros de distancia de Distorsión—. Debo felicitaros. Os habéis colado en las entrañas de mi AT27. Para mí es como si estuvierais en mi propio interior.

De repente Overdrive habló, al verse asaltado por un pensamiento repentino.

—Por eso este lugar es tan fascinante, tan hermoso a pesar de estar oculto… esta no era su función.

—Exacto, alien. Me reconforta ver que al menos uno de vosotros tiene de verdad intelecto para apreciar el arte más elevado. Este mundo fue concebido como una tumba. Una tumba en honor a mi padre. Por eso no hay aquí cañones ni dispositivos. Hubiera sido una deshonra a su memoria. Esperaba reconciliarme con él después de lo sucedido mostrándole esta… esta obra que había creado para su ensalzamiento póstumo. Pero murió antes de que pudiera verlo, y vosotros… vosotros sois los culpables de ello.

Distorsión dio un paso al frente.

—Turm… enfréntate a la realidad. Tu padre fue duro e inflexible, pero en todo caso tú fuiste la única culpable de tu decadencia profesional. Nunca te hubiera despedido si hubieras acabado los plazos.

—Aún no lo entiendes, ¿verdad, estúpido? —dijo a punto de soltar una lágrima—. ¡Hubiera construido tres veces el edificio que me encargaron en el tiempo que me dieron! Pero el problema era que mi padre ya estaba enfermo y, al mismo tiempo, empecé a construir este mausoleo para honrarle. Por eso no pude cumplir los plazos.

—¿Por qué no se lo explicaste? ¿Por qué no nos lo… contaste a nosotros?

—Eso hubiera sido reconocer mi debilidad, y la debilidad es lo que mi padre quiso erradicar de mí a cualquier precio. Pero ahora todo se acabó —dijo cargando el arma y ajustándose las gafas inmediatamente después—. Sois muy poderosos, pero nada podéis hacer contra algo tan terrenal como un disparo.

Avancé hasta la altura de Distorsión y le aparté con la mano.

—Estoy harta de ti y tus tonterías de niña rica y malcriada —dije mirándola a los ojos. Los demás, a su vez, me observaron como si acabara de volverme loca.

—¿Quieres ser la primera, entonces? Reservaba ese honor para tu novio, por ser él quien me rechazó personalmente, pero puedo aumentar tu estatus si eso es lo que quieres.

Siempre me pregunté dónde estaba el límite de mis poderes. Si no podía alterar los campos ambiente para, de alguna manera, influir de modos que superaban lo que había hecho hasta entonces.

Siempre estuvo en mi cabeza la idea de si no podría, por medio de los campos electromagnéticos, desviar objetos tales como balas.

Cerré los ojos. Era el momento de averiguarlo.

En ese momento no escuchaba nada. No veía nada. Creo que si Andrea Turm se hubiera limitado a acercarse a mí y golpearme con la culata del revólver, con un poco de suerte podría haberme matado sin que yo misma lo supiera. Pero lo que hizo fue disparar, y eso fue todo el sonido que escuché. Un bang lejano, a un millón de kilómetros de distancia, que sabía que venía de justo enfrente.

Cuando abrí los ojos sólo pude ver su rostro incrédulo, con las pupilas muy abiertas por detrás de sus gafas redondas. Miré a mi espalda. La bala estaba alojada a la altura de la cintura pero contra la bóveda acristalada, que se quebraba a gran velocidad.

Turm dejó caer el arma y fue corriendo hacia la herida que ella misma había infringido en su preciado mausoleo.

—Puede repararse —no hacía más que susurrar—. Puede repararse.

Se giró de repente, me miró con la mirada de odio más intensa que nadie me había dirigido jamás, y cogió el lapicero que reposaba en el lóbulo de su oreja izquierda. Nada más lo tuvo entre las manos comprendí que no era auténtico, sino de metal.

—¡Cuidado! —advirtió Distorsión en cuanto la vio moverse en mi dirección. Pero no fue necesario que dijera nada. Su ataque era tan a la desesperada, a lo kamikaze, que me aparté echándome a un lado y Turm, incapaz de detenerse, quebró el cristal por completo con su puñal disfrazado y cayó hacia la oscuridad que un momento antes sólo parecía un paisaje inalcanzable. Distorsión se asomó al borde y miró por el agujero.

—Mentiría si dijera que estoy seguro de que no volveremos a verla —acabó mientras comprobaba que, como era de esperar, las comunicaciones habían regresado por completo.

***

El Acorde Cósmico no tardó en llegar y, a partir del panel de control de la sala maestra, logramos abrir el paso para escapar con la nave y que nos recogiera en órbita. En concreto, fue Fase quien lo consiguió tras una indagación más que minuciosa. El resto de los controles eran tan complejos que fue imposible tan siquiera tener la menor pista de para qué podían servir y cómo exactamente usarlos. Lo que sí que pudimos atisbar era la cámara donde Turm se debía de conectar al planeta, saboteada para que fuera inservible, seguramente justo antes de que llegáramos al núcleo. No nos pasó desapercibido el parecido que guardaba con un sarcófago, ni el hecho de que estuviera posicionada sobre un pedestal donde estaban labradas las siglas H.T.

A la vuelta le explicamos a Adrian todo lo sucedido y nos miró con pesadumbre.

—El sendero que estáis recorriendo está lleno de demonios que acechan detrás de cada árbol —comentó nada más subimos de nuevo a bordo.

No tardamos en saber que Andrea Turm no había muerto en absoluto. No es que fuera la noticia del día ni nada por el estilo, pero un poco de indagación por parte de Fase confirmó que había sido vista dirigiendo una obra en persona, así como conectándose con la maquinaria del satélite en cuestión para agilizar el proceso de edificación. Cómo había logrado sobrevivir, no había manera de saberlo. Quizá había logrado aterrizar en un asidero, o había clavado su puñal en la roca porosa. A lo mejor su entrenamiento la permitía aguantar impactos que hubieran matado a otro. O tal vez la caída no era tan pronunciada y se trataba de una ilusión de los sentidos provocada por su dominio de los horizontes y la perspectiva. No había manera de saberlo. Podía ser una mezcla de algunas de esas posibilidades, o tal vez de ninguna.

El incidente, en todo caso, se quedó grabado en nuestros recuerdos, y Andrea Turm pasó a tener su propia ficha en nuestra base de datos particular de enemigos.

Por otro lado estaba el nuevo aspecto que había descubierto de mis propios poderes. No el rebotar una bala, como me dijo más tarde Adrian, sino, por medio de la manipulación de los campos electromagnéticos, desviar el arma en las propias manos del tirador justo antes de que disparara, de tal modo que la sensación óptica era la de que lograba desviar las balas. Pero en todo caso el resultado era el mismo: con un poco de práctica, podría ser inmune a toda clase de proyectiles de armas de mano metálicas.

Aun con todo Distorsión estaba preocupado por mí, y no era para menos. Yo era quien a menudo tenía que asumir los mayores riesgos, al tener que ponerme de cara al peligro y dejarle reaccionar primero para después contraatacar. Así me lo dijo un día que regresamos al mismo satélite comercial en el que conocí a Breakdown, y al que fuimos tras lograr convencer a Distorsión de que aquello de los videojuegos antiguos era más divertido de lo que parecía, sobre todo porque los controles eran de plástico y sería más complicado que los rompiera por accidente.

Después de echar unas cuantas partidas subimos a la terraza, desde la que se podían ver los distintos bloques comerciales y las pasarelas al aire libre que unían unos con otros, algunas de varios cientos de metros de longitud. La vista no era tan magnética como en AT27 pero las circunstancias eran, sin duda, mucho más amables y el momento más mágico.

—A veces pienso que por nuestra culpa ya nunca podrás ser una chica con una vida normal.

—¿Por qué dices eso? —pregunté mirándole a los ojos. Por una vez el odio no crispaba su mirada, pero los tenía entrecerrados debido a que la estrella que iluminaba aquel mundo comercial escapaba poco a poco a poco en la lejanía, dejando atrás sus últimos e intensos rayos de luz.

—No sólo por el accidente que te ha dado esos poderes que te obligan a tomar tantos riesgos, ni por los enemigos que han regresado del pasado para amenazarnos a todos por igual. Ya antes de eso te pedimos que fueras partícipe de un estilo de vida que no tiene mucho de hogareño.

—Yo también tengo un pasado, Distorsión. Si no hablo de ello es porque soy feliz con vosotros y no quiero recordar los malos tiempos.

—Me alegra escuchar eso —dijo girándose y mirándome a su vez.

Por un momento, aunque no puedo estar segura de ello, noté como si nuestros rostros se estuvieran acercando. Sentí uno de esos momentos que no recuerdas quién lo inicia, pero sí cómo acaba. Pero cuando parecía que todo iba en la única dirección lógica, noté un destello cegador que me obligó a cerrar por un momento los ojos y a apartarme un par de pasos.

Fue cuestión de segundos, pero cuando los abrí, descubrí que un haz de luz cónico rodeaba a Distorsión por completo. Él mismo, pillado por sorpresa, se dio cuenta también en ese momento, se giró y reventó al robot esférico que orbitaba por delante de nosotros, cayendo todos sus restos a lo largo de las cinco plantas que le separaban de la altura de la calle. Pero ya era demasiado tarde.

Al igual que Breakdown, Warren Shockman y yo misma, Distorsión había sido irradiado. Y las consecuencias de ello, aunque aún no lo sabíamos, no tardarían en mostrarse en todo su esplendor.

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