jueves, 5 de diciembre de 2013

The Jammers 010: Everlong



(Portada: Natalia Cano)





Hello
I've waited here for you

Foo Fighters. The Colour and the Shape

¿Por dónde iba? Ah, sí. En nuestra primera misión voluntaria para librar el Universo de sujetos peligrosos la habíamos cagado pero bien, y nuestra base de datos estaba más desactualizada de lo que pensábamos. No sólo Éxeter —bueno, Warren Shockman, como no tardamos en saber que se llamaba en realidad— no era un antiguo villano que regresaba a las andadas, sino que de hecho era miembro de la organización de Ernépolis I conocida como Los Caídos.

Supongo que debería contar algo de Los Caídos. Bien, allá va. Para empezar, Los Caídos son los tíos que nos echaron en cara que éramos, palabras textuales, “un atajo de críos irresponsables”. Esa severa afirmación vino de boca de su líder, John Scream, un tipo con solera a sus espaldas. En los viejos tiempos fue un gran héroe, el más grande de todos los que compartieron su generación. No voy a decir cuál porque eso es algo que queda entre él y el pasado.

Pero eso se acabó para siempre. Scream, como muchos otros héroes de antaño, tragó más de lo que podía digerir y de ese modo su alter ego murió para siempre sin posibilidad de regresar. Pero eso no le quitó las ganas de hacer algo por su ciudad, sólo que de un modo radicalmente distinto.

Básicamente, Los Caídos son muchos hombres que fingen ser uno solo. Cómo lo logran es algo que todavía me maravilla en términos de planificación y organización, y hace que nuestra coordinación sea como un juego de patio de parvularios. Por medio de hologramas, moduladores de voz, dispositivos generadores de sombras y aparatos a cada cual más peculiar han mantenido la ilusión de que la ciudad de Ernépolis está gobernada por una criatura siniestra, una silueta de ultratumba con gabardina y sombrero llamada el Caído que nunca duerme, nunca descansa, nunca se detiene y, sobre todo, que nunca muere. Salen en escuadrones de cinco hombres a mantener esa ilusión por las calles, por medio de movimientos orquestados como si estuvieran sobre un escenario y los criminales fueran los espectadores. Al mismo tiempo fingen ser un criminal más, un ser de pesadilla imposible de entender, para implantar el miedo y el terror en sus enemigos y que éstos no les ataquen, no tomen rehenes, y en definitiva estén derrotados y minados en términos morales y psicológicos.

Y ahí teníamos a Éxeter, aunque ya no se llamaba así sino Warren Shockman a secas, un antiguo villano que había sido aceptado como miembro de la organización. Claro que podíamos no creer lo que nos estaba contando, pero no era algo que no encajara con la manera de ser del líder de Los Caídos. Al fin y al cabo, si creía en la redención de las personas, eso englobaba incluso a los sujetos más indeseables del Cosmos.

Lo que no implicaba que Shockman fuera un sujeto de trato fácil, por supuesto.

—Muy bien, aficionados —siguió reprochándonos, realmente cabreado—. ¿Me escucharéis ahora o tenéis algún otro sitio que ir al que meter las narices?

A menudo os he hablado de la personalidad de Distorsión, ¿no? Supongo que os podéis imaginar que no estaba tomándose muy bien aquello. Pero su respuesta, cuanto menos, me dejó sorprendida.

—No te atrevas a hablarle de esa manera —dijo mirando en mi dirección.

—Muy bien, paladín de tres al cuarto. Ahora estaréis quietecitos y hablaremos antes de que me fastidiéis nada más. Aún no puedo creer que haya topado con alguien más impulsivo que yo, de hecho.

—¿Quién es el tipo de la pantalla? —pregunté tratando de limar asperezas y establecer una alianza con nuestro improvisado compañero.

—Como yo, es una vieja reliquia de otros tiempos. Su nombre es Treues Cluk.

—Tío —comentó Distorsión con tono jocoso—, ya puede cambiarse el nombre o no va a triunfar jamás en el mundo del espectáculo.

—Debo suponer por esa afirmación que en vuestra vida habíais escuchado hablar de semejante sujeto.

No hizo falta que contestáramos. Nuestra base de datos, al parecer, tenía muchos más agujeros de los que pensábamos.

—Ya veo. Aficionados. Bien, el amigo Cluk estuvo activo también durante la Era Dorada de los Héroes, y fuimos compañeros de correrías en más de una ocasión. Como habréis supuesto no es un ser humano sino un alien. Si tratarais de pronunciar el nombre de su especie seguramente os saldría un esguince en la lengua, por lo que se les ha dado el sobrenombre de Entes del Azar.

—¿Entes del azar? —pregunté, entre intrigada e inquieta.

—Veo que escuchas. Los Entes del Azar son una especie vieja pero que aún hoy en día persiste en el Universo. Su mera presencia altera los campos cuánticos, pero sus efectos sólo se notan a nivel macroscópico y en ocasiones muy esporádicas. Dicho de otra manera, a su alrededor las cosas raras suceden más a menudo de lo normal, pero las cosas imposibles siguen sin suceder de ninguna de las maneras.

—¿Qué hay de su aspecto, sus poderes…? —pregunté.

—Veo que sólo has entendido mi explicación a medias. Te contestaré a lo primero antes de nada. Es un ser en estado entre lo sólido y lo gaseoso, que adopta múltiples formas conscientes, pero suele estar cómodo con la de una silueta humanoide. ¿Se le puede herir? Sí. Por dentro tiene órganos, sangra, sufre y, en última instancia, muere. Las leyes de la física no son distintas para él. Puede ser empalado, aplastado y todo lo que vuestra mente pueda elucubrar.

»En cuanto a sus poderes… existe una manera sencilla de que entendáis a lo que nos estamos enfrentando.

Salió al pasillo más cercano y fuimos tras él. Caminamos a lo largo del vacío y silencioso corredor hasta llegar al umbral de una segunda sala de oficinas, completamente destrozada, llena de mobiliario partido y cables colgando del techo y soltando múltiples chispazos.

—Para llegar a Cluk hay que atravesar esta sala, bajar unas escaleras hasta el sótano y recorrer varios pasillos. Está en el almacén central de esta factoría.

—¿Qué se manufacturaba aquí? —preguntó Distorsión.

—Agua y alimentos para viajes espaciales. Cluk ha hibernado aquí desde hace años y despertó recientemente. En cuanto se supo lo que había pasado aquí identifiqué su modo de proceder y me ofrecí voluntario para tratar de detenerle, aprovechándome del hecho de que aún me creía un aliado potencial.

—Vayamos a por él entonces.

—Veo que eres valiente, aunque seas un novato inconsciente. Bien, adelante. Trata de cruzar la sala.

Distorsión miró al caos que teníamos ante nosotros, en nuestro mismo umbral. Parecía como si se hubiera desarrollado una gran pelea allí, pero en ese momento no había peligro a nuestro alrededor. No sentía tampoco campos ni ondas y supuse que obviamente Distorsión tampoco sentía la presencia de máquinas más allá de todo lo que ya estaba roto e inutilizado.

Dio un par de pasos, adentrándose en lo desconocido. Nada. Todo seguía en el mismo silencio.

—¿Cuál es el problema?

—Sigue caminando —ordenó Shockman.

Avanzó dos pasos más y de repente una sección entera de techo cedió. De no ser por sus reflejos y que se echó a un lado a toda prisa le hubiera aplastado sin remedio. Al pisar, sin embargo, el suelo crujió y tuvo que cambiar de posición otra vez. Justo donde aterrizó, de manera menos elegante que la vez anterior, cayó un cable que llevaba un rato colgando, indolente, capaz de electrocutarle si llegaba a tocarle. Y de ese modo, con obstáculos nuevos que surgían a cada paso, poco a poco Distorsión fue teniendo que retroceder, cada vez con más dificultades, hasta alcanzar nuestra posición de nuevo, donde absolutamente nada estaba pasando.

Nada más regresar, otro trozo de techo cayó justo delante de nosotros.

—Cluk es especial entre los suyos —comenzó Shockman—. No sólo genera cambios aleatorios en su entorno, sino que puede, en cierta medida, controlarlos. Produce mala suerte, mocosos. Y por ello decidió saltarse los protocolos de inmutabilidad de la probabilidad que los suyos firmaron y los intensifica para generar el caos y la anarquía a su alrededor.

—¿No podemos acercarnos a él, entonces? —concluí.

—Ni siquiera mi rata podría hacerlo, a pesar de su tamaño. Aquí justo termina el límite de su influencia, que permaneció inactiva mientras estuvo dormido e hibernando, justo bajo esta fábrica. Pero nada más despertó, trajo consigo lo que siempre le ha acompañado: muerte, destrucción y por último evacuación.

—¿Cómo le derrotamos?

—Tenía un plan en desarrollo hasta que tú y el interferencias llegasteis, y además de eso, ahora gracias a vosotros tenemos un problema nuevo.

—¿Otro problema? —objeté.

—Sí, chica de la gorra, otro problema —enfatizó con desprecio—. Os recuerdo que gracias a vuestra intervención Cluk sabe para qué sirve el dispositivo que se cayó de mi bolsillo. El tipo ha estado fuera de circulación durante años y años, pero si sale de aquí y conoce, pongamos, la historia de cierto justiciero que patrulla por las calles de Ernépolis, podría atar cabos o, como poco, poner toda la organización de Los Caídos en un gran aprieto.

—¿Qué podemos hacer entonces? —me limité a decir. Distorsión estaba callado, y Shockman también.

—No —repliqué, abriendo los ojos—. Ni hablar.

—No cuentes con nosotros —añadió Distorsión.

—Eh, no me malinterpretéis. No he dicho que sea seguro que vaya a hacerlo. Pero apuesto a que nunca pensasteis que algo así podía ocurrir. Esto no es ningún juego, chavales. La gente vive y muere por las decisiones que tomamos, aunque no queráis asumirlo.

Distorsión se alejó pasillo abajo, dando la espalda a Shockman.

—Escucha, tío. Puede que seas un antiguo villano redimido, que sepas mucho de la podredumbre de este mundillo, y es verdad que somos unos recién llegados. Pero nosotros también tenemos un pasado, y nuestras vidas no han estado precisamente alfombradas con pétalos de rosa. Tú tienes tus cicatrices, nosotros tenemos las nuestras y aún no hemos alcanzado siquiera tu edad. De modo que sabemos muy bien las consecuencias de lo que hacemos, y aunque seamos jóvenes e impetuosos no somos en absoluto irresponsables. Pudimos serlo, pero ya no, ¿te ha quedado claro? Porque si de errores del pasado se trata, no eres precisamente el más indicado para soltarnos el discurso.

Shockman se giró lentamente, clavando su único ojo en Distorsión. Estaba quieto como una estatua y así se quedó un buen rato hasta que empezó a moverse hacia él, pero cuando parecía que estaba a punto de encararse torció y pasó de largo.

—No ha estado mal el alegato —dijo dándonos la espalda—. Puede que aún podáis echarme un cable después de todo.

***

De vuelta a la sala de operaciones donde Shockman se había instalado volví a fijarme en las hordas de insectos que zumbaban y revoloteaban en los tanques de contención transparentes, a nuestro alrededor, e hice la pregunta que en aquel momento entró de manera automática en mi cabeza.

—¿Para qué son los bichos, si no estás ayudando a ese tal…?

—Cluk. Treues Cluk. ¿Sabéis algo de las leyes de la probabilidad?

Negué con la cabeza. Distorsión no.

—Tratas de alcanzar un alfiler disparando un millón de balas —concluyó.

—Si se lanza un dado de seis caras —continuó haciendo caso omiso del comentario— no hay manera de saber qué número saldrá. La probabilidad no nos ayudará a saber a qué número apostar. Si lo lanzáis seiscientas veces, la teoría dice que cada número saldrá unas cien veces, pero cualquier jugador experto no tardará en deciros que ese argumento es una falacia, un engaño, porque seiscientas tiradas, en realidad, son muy pocas para que la teoría se cumpla a rajatabla.

—Pero las cifras empiezan a ser más fiables cuando hablamos de siete dígitos —prosiguió Distorsión—. Millones de insectos.

—Os dije que mi rata no pasaría aquel infierno. Una mosca tampoco. Pero entre miles de millones de estos seres alados, algunos pasarán. Y bastará con que alguno le desoriente, perturbe o, con suerte, pique, para que Cluk pierda la concentración y podamos hacerle frente.

—¿Cuál es el problema entonces?

—El problema, señorita, es que mi magia tiene un límite, y es complicado lanzar en una misma dirección masas tan grandes de insectos.

Empecé a reírme por lo bajo.

—¿Qué es lo que resulta tan gracioso?

—El destino. El destino es lo que resulta tan gracioso.

***

A veces me divertía haciendo eso en mis ratos solitarios a bordo del Acorde Cósmico. Entraba un insecto en mi cuarto y empezaba a rebotar las ondas alrededor suyo. Por algún motivo que desconocía eso le desorientaba y confundía, y a menudo volaba en círculos o, incluso, en picado hacia el suelo.

—Muchos insectos se orientan empleando campos electromagnéticos, en especial los Coloniales —explicó Shockman una vez conté la anécdota—. Si puedes manipularlos a su alrededor bastará con lanzarles en el sentido adecuado y una vez ahí obligarles a que sigan recto por medio de tu poder de reflexión de ondas. Para ellos sería como si hubiera un muro, una pared imposible de atravesar.

—¿No se empezarán a separar una vez estén fuera de nuestro alcance? —objetó Distorsión.

—Muchos habrán caído en zonas previas, lo que hará que los maneje con mayor facilidad. Aparte de eso, el camino es casi recto salvo un par de bifurcaciones que, seguramente, estén impracticables.

—¿A qué distancia está ese alienígena gafe? —pregunté.

—A menos de la que te imaginas —dijo Shockman mirando al suelo—. Traté de instalarme lo más cerca posible sin verme afectado por el campo. No está debajo de nosotros, evidentemente; su alteración se expande de manera esférica. Bastaría con bajar, avanzar recto y ya estaríamos. Pero como imagino que no podéis romper paredes ni tenéis padre o madre axcroniana —dijo con tono de burla— tendremos que ir por el camino de los humanos.

Empalidecí. Axcronianos… aquella raza de seres incorpóreos extinta, de la que sólo quedaba un superviviente: el psicótico e inmoral Krexon. Nuestro aliado sabía mucho de los monstruos que poblaban el Universo.

Cogió un par de dispositivos, situados junto al panel de comunicaciones que había usado para comunicarse con Cluk. Eso me hizo recordar la imagen que vimos y una nueva duda me asaltó al instante.

—¿Cómo puede estar bajo tierra si cuando hablaba contigo parecía que estaba lloviendo?

—Los Entes del Azar, debido a su forma de estado entre gas y sólido, atraen y condensan la humedad ambiente sobre ellos.

—¿Estás diciendo que tienen permanentemente una nube encima de sus cabezas?

—No todos, pero algunos sí. Y en el caso de Cluk, su actividad y alteración de los campos es tan elevada que sobre él hay una genuina nube de tormenta.

Pensé en echarme a reír, pero luego lo pensé dos veces y no pude dejar de fascinarme. Un ser que producía mala suerte y tenía una nube sobre su cabeza que descargaba lluvia de manera constante… la Era Dorada era, cuanto menos, curiosa y peculiar.

—Bien, la clase teórica acabó —acabó Shockman saliendo al pasillo, dispositivos en mano—. Hora de las prácticas.

***

Nada más llegamos a la frontera donde el mundo seguía siendo racional y cuerdo, Shockman agarró uno de los dispositivos y lo examinó con calma. Estaba recubierto de una película plástica.

Lo agarró y lo lanzó contra una pared cercana a nosotros, con todas sus fuerzas. Nos quedamos en silencio, anonadados. Se acercó al chisme y lo examinó. Parecía que había resistido el impacto.

—Parece que está suficientemente acolchado —dijo para sí mismo—. Puede funcionar.

Se acercó al umbral de la sala, programó un temporizador en el aparato y lo lanzó hacia el vórtice del caos. A su paso se derrumbó una mesa, un cable lo rozó en su extremo pelado, y finalmente cayeron sobre él una enorme cantidad de escombros.

—Por eso la capa plástica —agregó Distorsión—. Aislante. Al menos —terminó concentrándose— detecto que está en funcionamiento.

—Eso les guiará hasta la planta inferior.

—¿Qué hay del segundo aparato? —pregunté.

—¿Habéis jugado al baloncesto alguna vez? Deberá atravesar la sala, colarse por la puerta y, por tanto, caer escaleras abajo.

—Eso es imposible —protestó Distorsión, y afirmé lo mismo—. El que acabas de arrojar a duras penas ha aterrizado intacto.

—¿Qué sugiere el señor entonces? —añadió impaciente Shockman.

—¿Has jugado al rugby alguna vez? —contestó Distorsión, y fui consciente de que estaba sonriendo para sus adentros.

***

Los insectos estaban listos en sus tanques, que en el pasado almacenaron miles de litros de agua obtenida por medio de fusión atómica. El zumbido sin embargo era insoportable, ya que estaban siendo atraídos por el dispositivo que acabábamos de colocar. Bastaría con pulsar un botón y una plaga inimaginable se lanzaría pasillo a través hacia una muerte más que probable.

Y en el medio del pasillo estaba Distorsión, dispositivo en mano como si fuese una pelota y estuviera frente al equipo contrario.

Su plan era sencillo a la vez que suicida. Dado que por sus propios medios había logrado avanzar unos cuantos pasos dentro de aquella sala infernal, dedujo que si regresaba al mismo tiempo que aquella horda de bichos habría tantas interacciones a su alrededor que sería capaz de llegar más lejos y, por lo tanto, tener ángulo suficiente para atravesar la puerta y, en sus propias palabras, hacer un touchdown. El único problema era que después de eso su suerte, y nunca mejor dicho, dependía de que esos bichos llegaran cuanto antes a su destino.

Conectó un comunicador que le dio Shockman, que debía ser parecido al que usaban Los Caídos, si no el mismo, y lo probó.

—Aquí Rojo Cinco —dijo con tono de sorna. A Distorsión le hizo gracia el nombre en clave cuando se lo comenté por primera vez, aunque desconociera su procedencia. Yo, como gran amante de los años ochenta, sabía muy bien de dónde venía.

—Prepárate, novato —se limitó a decir Shockman con tono de seriedad. No parecía sujeto de muchas bromas—. En cuanto pulse el botón tardarán un poco en llegar, pero sería imposible que no vieras lo que se te va a caer encima.

Distorsión no dijo nada y se limitó a esperar. Yo estaba en una esquina, concentrada para rebotar las ondas ambiente en la dirección necesaria según Shockman y así, de ese modo, dar a ese enjambre inmenso el impulso inicial necesario para que siguieran a toda mecha su camino.

Shockman apretó el botón y los insectos empezaron a escapar como locos por las tuberías de desagüe de los tanques, rotas a la altura del pasillo. En cuanto hallaron una salida siguieron su ruta directa, con una pequeña ayudita por mi parte, rectos por el pasillo sin apenas desviarse.

—Allá voy —escuché decir a Distorsión, y luego silencio. Y al instante, desde su comunicador emergió un zumbido tan insoportable que me resultaba difícil mantener la concentración. Al mismo tiempo empezamos a escuchar golpes, ruido de material que se rompía, estructuras que cedían, y comprendí que había entrado en la boca del lobo hasta su mismo esófago.

—Semilla plantada —dijo triunfal Distorsión—, pero no se mueven, y no podré aguantar mucho más.

Supe entonces que podía relajarme pues los insectos ya sólo debían seguir la señal del segundo aparato, pero Distorsión habló de nuevo por encima del murmullo infernal, resultando difícil incluso escucharle.

—¡No se van! ¿Qué es lo que ocurre?

Shockman estaba muy callado, y entonces comprendí que él tampoco sabía lo que estaba pasando. ¿Por qué ocurría aquello? Pero había que hacer algo, para Distorsión era cuestión de minutos.

Si no se movían, era porque algo interfería con la señal del aparato. Pero, ¿qué? Y entonces tuve una sospecha, algo que, si resultaba ser erróneo, podría condenar a Distorsión a quedarse atrapado al otro lado de aquel infierno probabilístico, pero que era lo único que tenía sentido para mí.

—¡Estropea el primer dispositivo! —dije—. ¡Se están anulando mutuamente!

No sé si tardó un rato en sopesar lo que le dije o me hizo caso al momento. El hecho es que el zumbido siguió durante un buen rato y, al poco, se hizo más débil hasta desaparecer casi por completo. Fuimos corriendo para allá y el resultado que nos encontramos fue poco menos que increíble.

El suelo de la sala estaba alfombrado de insectos. Era imposible avanzar sin pisar sus cadáveres crujientes, así como muy difícil saber qué les había pasado en concreto. El techo, no obstante, estaba expuesto y docenas de cables pelados colgaban de todos lados. En una esquina, una tubería de gas se había roto y estaba al descubierto, y una cañería atravesaba la pared contigua arrojando chorros y chorros de agua que caían como una catarata artificial. Al fondo de la sala había una montaña de cascotes, de tamaño considerable. No pude ni pararme a pensar que pudiera estar en peligro a cada paso que daba. Lo único que me importaba en ese momento era Distorsión.

Empecé a quitar los cascotes, uno por uno, pero Shockman me apartó a un lado y retiró los más pesados, aquellos con los que hubiera sido incapaz de cargar. Al fin una mano surgió, moviendo sus cinco dedos, y Distorsión emergió de aquella prisión de escoria. Nada más salir del polvo, activó su holo de nuevo sin que Shockman tuviera apenas tiempo de mirarle la cara.

—No me importa tu identidad, mocoso —objetó—. A menos que algún día tengas intención de cambiar de colores, claro.

Ayudé a Distorsión a ponerse en pie y miramos a nuestro alrededor.

—¿Ha funcionado? —pregunté girándome en dirección a Shockman.

—Puedes dar por seguro que sí, o tu vida en este momento valdría menos que la de un niño paseándose solo por los Túneles de Ernépolis. Pero ya nos podemos dar prisa o si no nuestro anfitrión reacondicionará de nuevo el escenario.

Corrimos hacia el hueco de las escaleras y descendimos hasta la planta inferior. Nada más llegar lo primero que vimos fue el aparato que Distorsión había logrado arrojar por el hueco, aún funcionando, y notamos que la cantidad de insectos muertos era menor pero igualmente notable. Corrimos recto y entramos en una inmensa cámara llena de andamios metálicos a distintos niveles, en la que se notaba mucha humedad. Había muchos tanques similares a la cámara donde encontramos a Shockman, pero estaban llenos en su mayor parte de líquidos cuya función desconocíamos por completo.

En el medio de la enorme sala, escaleras abajo, estaba aquel alien, Treues Cluk. Estaba de rodillas, mirando al suelo, y una nube de unos cuatro o cinco metros cuadrados orbitaba sobre su cabeza, arrojando agua de lluvia.

—Éxeter… —pronunció lleno de odio—, no sé por qué has hecho esto pero te mataré por ello.

Y entonces se incorporó y pude comprobar, atónita, que debido a su naturaleza semigaseosa podía ver su interior a la perfección. Un interior lleno de órganos hinchados y palpitantes, y entonces comprendí que si es doloroso que una avispa le pique a uno en el brazo, que haga lo propio en un pulmón o en el estómago debe ser algo poco menos que insoportable.

La nube sobre su cabeza comenzó a emitir breves destellos. No tenía ni idea de qué estaba pasando pero seguro que no era nada bueno. Shockman no tardó en confirmar ese temor.

—¡A cubierto! ¡Va a lanzarnos rayos!

Salimos cada uno en una dirección en lo que una descarga impactaba en el lugar donde habíamos estado, y comprendimos que lo mejor era dividirse contra aquel ser. Pero allí nuestros poderes valían de poco, puesto que Cluk era completamente orgánico. Y si lograba recuperarse y recuperar la concentración, valdrían de menos aún.

—¿Qué hacemos? —dije desde mi parapeto, mirando en la dirección en que los otros habían salido corriendo.

‘Dejádmelo a mí —escuché decir de repente, y la silueta del Caído emergió de entre las sombras. Cluk se detuvo y le miró fijamente.

—Así que ahora eres uno de esos héroes, ¿no es así? ¿Qué te han prometido, amnistía? ¿Fue Reflector, tal vez?

‘No eres nada para mí, Cluk. Ahora soy otro, más fuerte, más poderoso.

—No me engañas, Éxeter. Siempre fuiste un flojo y siempre lo serás. Nunca tuviste lo que hacía falta. Y tu traje, tu aspecto… pueden asustar a otros, pero a mí no.

‘No pretendo asustarte —dijo la silueta sin más.

—¿Qué pretendes entonces?

‘Me basta con distraerte —contestó y, en ese momento, la rata de Shockman trepó por la pierna de Cluk y, metiendo el hocico a través de su cuerpo semisólido, le mordió en un órgano de su tórax sin analogía posible con ninguno humano. Cluk se revolvió, agarró la rata y la lanzó contra la superficie transparente de uno de los tanques, sufriendo el animal sin duda un buen golpe en el proceso. Pero la distracción no había acabado.

Para cuando quiso darse cuenta Shockman, ya sin hologramas que adornaran su aspecto, se lanzó sobre él y ambos cayeron al suelo frío y metálico.

Con Cluk en posición desventajosa, el forcejeo no tardó en saldarse a favor de Shockman. Mojado por la nube que estaba sobre ambos, y furioso más allá de toda duda, levantó el puño una vez y le golpeó en la cabeza. Volvió a repetir el proceso otra vez. Y otra. Y otra. Empecé a sentir escalofríos, y no pude más cuando vi que su mano estaba negra como si la hubiera metido dentro de un tubo de escape en funcionamiento.

—¡Basta! —dije conmocionada, sin saber qué más añadir—. Basta.

Shockman se detuvo, paralizado, el agua cayendo y empapando su cabeza, sus puños y su gabardina raída. Algo en él le estaba gritando que siguiera, sin duda, pero mi voz detuvo o, al menos, frenó temporalmente esa orden interior.

—¿Ves como… tengo razón? —dijo Cluk entrecortadamente—. Siempre fuiste un… flojo. Y por eso, Éxeter…

Entendí lo que iba a pasar cuando vi la nube sobre sus cabezas volverse de nuevo brillante, pero estaba demasiado lejos. No podía reaccionar.

Por suerte, no era la única persona presente en aquella sala.

—Por eso… ¡morirás!

Justo antes de que el rayo cayera, Distorsión saltó hacia Shockman y le apartó de un empujón poco elegante, cayendo ambos derribados al suelo. Pero Cluk tuvo peor suerte. Su propio rayo le impactó de lleno, y la mezcla de gritos y olor a quemado se hizo difícil de soportar. Finalmente cayó al suelo como un peso muerto y, muy poco a poco, la nube sobre su cabeza se desvaneció. Acto seguido la carcasa exterior de su cuerpo se vaporizó como el gas que era y sólo quedaron en el suelo un montón de órganos achicharrados y consumidos.

Shockman se puso en pie, fue a recoger a su rata y con delicadeza, tras comprobar que aún vivía, la depositó en su bolsillo. Luego nos miró con el ojo entrecerrado.

—Ya lo habéis visto. Nuestra vida no es ningún juego. Es cruel, terrible e inmisericorde. Un día cualquiera, de repente, alguien muere y no sabes ni siquiera qué es lo que ha pasado.

—Sé que no le habrías matado. Tú no eres como él —dije de repente.

—Eso dices ahora. Pero si los años amargan a un policía o a un abogado, ni te imaginas lo que pueden hacer a la gente como nosotros. Ya lo averiguaréis tarde o temprano, cuando estéis en el ocaso de vuestra propia edad dorada. Si queréis honrar al muerto con vuestros respetos, os espero fuera. Es propio de santurrones como vosotros.

Salió de la habitación y Distorsión y yo nos quedamos allí, en silencio. Allí había muerto un indeseable, sin duda. Pero no sólo era eso, también era un icono, un resto de un pasado que ya no estaba ni volvería jamás. El presente era nuestro ahora, y tendríamos que pelear contra nuestros propios monstruos.

***

Cuando salimos al exterior encontramos a Shockman junto a nuestra nave, esperando con calma, apoyado en la carcasa.

—No os preocupéis por mí. He mandado una señal y pronto me vendrán a recoger. Pero es curiosa vuestra nave, con ese robot de identificación que tenéis.

Nos miramos con incredulidad.

—No tenemos ningún robot de identificación —dijo Distorsión, con su holograma fluctuando en dirección a Shockman.

Al instante un trasto esférico igual a aquel que me sondeó cuando estaba con Breakdown apareció de detrás de la nave. Comenzó a moverse erráticamente y lanzó una descarga cónica en dirección a Distorsión, que logró esquivarla. Acto seguido empleó sus poderes y lo reventó como si fuera un melón maduro.

—Otra vez este artefacto —dijo examinando los restos—. Pero no veo armas por ningún lado.

Shockman agarró una pieza concreta. Una antena. De modo que era una especie de transmisor. ¿Un robot espía?

—¿Te hizo algo? —pregunté a Shockman.

—Me envolvió en un haz de luz, pero parecía inofensivo.

Un haz de luz… igual que hizo conmigo y Breakdown. Y aquella descarga en forma de cono con la que trató de alcanzar a Distorsión era idéntica.

Un problema había sido resuelto, pero otro no dejaba de volverse más y más insondable.

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