jueves, 14 de noviembre de 2013

The Jammers 007: Run baby run



(Portada: José Antonio Marchán)



Love can be so strange
Don't it amaze you?
Every time you give yourself away
It comes back to haunt you
Love's an elusive charm and it can be painful
To understand this crazy world
But you're not gonna crack
No you're never gonna crack

Garbage. Bleed Like Me

¿Dónde me quedé la última vez? Vale, ya lo recuerdo. Le habíamos pateado su culo metálico a Heinrich Beckon, más conocido como Génesis, un tipo para el que construir una celda capaz de contenerle era un reto no al alcance de cualquier ingeniero de materiales, aunque me imagino que tanto Adrian como Distorsión ya habrían estado pensando, sólo por mero interés personal, la manera de hacerlo llegado el caso.

Al mismo tiempo nuestra actuación en la Gira de los Cuatro Elementos nos había subido a lo más alto de las listas de ventas con nuestra canción Red Roses, claro que había que reflexionar con calma también sobre qué parte de ese éxito se debía a la canción en sí y qué parte al numerito que montamos en el cuarto escenario, la nave flotante en la que peleamos contra Génesis y le mandamos a la estratosfera de un contundente y, por qué no decirlo, satisfactorio cañonazo. Nos habíamos convertido en el centro de atención del star-system interplanetario, y en una época en la que la gente no andaba precisamente sobrada de modelos en los que depositar sus ilusiones y sus esperanzas de justicia nuestro numerito marcó sin duda un notable revuelo.

¿La reacción de Distorsión a todo este asunto? Contradictoria, como de costumbre. La tunda que le dio a Génesis le había puesto las pilas a tope, pero no tardó en comprender que su preciado anonimato, o al menos su deseo de ir a su bola y que los demás le dejaran en paz, se estaba esfumando como el sonido en el vacío del espacio. Por fortuna para él su rostro aún seguía siendo un misterio en términos generales, como lo había sido el de grupos del pasado como Lordi o Daft Punk, pero teniendo en cuenta que su cara estaba marcada con quemaduras bastaba con un pequeño desliz para que cualquiera fuera capaz de reconocerle casi al instante si se lo encontraba alguna vez por la calle.

Pero por otro lado, y eso tenía que admitirlo, estábamos más cerca de hacer lo que tanto deseaba, dar un giro completo a su vida y ayudar a los demás, dejar atrás su pasado de mercenario de las ondas. Y todo ello sin necesidad de tener que renunciar a sus aspiraciones artísticas, ya que esa buena racha nos permitía tener la sartén por el mango y que Adrian tuviera la primera palabra en toda negociación para con las radios o los locales.

Al mismo tiempo, sin embargo, todos empezamos a notar la necesidad de llevar, en cierto modo, vidas propias. Cuando pasas mucho tiempo con un grupo de personas, sobre todo cuando literalmente vives con ellos y lo compartes todo con ellos, al principio todo es nuevo, sorprendente, mágico; pero poco a poco la necesidad de ser tú mismo empieza a aflorar. No se trata de que no la hubiéramos experimentado antes, sino de que éramos conscientes de estar atravesando un estadio inédito de nuestra convivencia.

Aunque también he de admitir que quizá esto era algo que sólo yo tenía necesidad de sentir. Como ya he contado, he pasado mucho tiempo de mi vida sola, aislada, sin nadie a mi lado; y cuando has vivido de esa manera, cuando le has visto las orejas al lobo, nunca, jamás te olvidas de su existencia. Eres más fuerte, sí. Eso es indudable. Pero una parte de tu felicidad, una pequeña inocencia interior, muere para no poder regresar ya nunca más.

No puedo negar que esto tiene también en parte que ver con mi propio pasado, ese que no puedo ahora contar, que creo que no es el momento de revelar porque no viene a cuento de nada.

De hecho, ahora más que de mí, voy a hablaros de otra persona. Otra persona que hasta ahora no había mencionado porque aún no la había conocido.

El Acorde Cósmico se instaló en la órbita de un satélite comercial con la idea de permanecer allí varias semanas. Si queréis pensar de manera adecuada en un satélite comercial, no sé si os servirá el símil, pero pensad en los centros comerciales de los años noventa, esos que eran tan grandes que albergaban en ellos tiendas de toda clase, cines, boleras… y ahora extrapolad esa sensación a todo un miniplaneta construido a tal efecto. Por supuesto no es que hubiera una sola bolera sino muchas, y al haber tanto espacio libre viejos negocios muertos siglos atrás como el de los salones de máquinas recreativas habían vuelto a ponerse de moda.

Os recordaré un pequeño detalle: adoro los años ochenta y noventa. Y ahora otro: nunca había salido de mi planeta natal y apenas sabía nada de las maravillas que ofrecían los otros planetas habitados del Universo. Así que cuando Fase me dijo que existían satélites donde había a su vez edificios enteros dedicados a máquinas recreativas, desde pinballs a máquinas de Tetris, Pang, Snow Bros o Tumblepop (ya sé que no sabéis de qué os estoy hablando pero haced un esfuerzo), ¿cuál creéis que fue mi reacción?

Pues eso, que enfilé como un rayo hacia ese lugar en cuando tuve ocasión. Lo primero que me hizo gracia fue que no se jugaba a las máquinas metiendo monedas en ellas porque en general la gente no solía usar monedas. En vez de eso pagaban en los cajeros automáticos con sus tarjetas de qins y éstos devolvían fichas que a su vez se introducían en esas míticas ranuras donde aún se podía leer, aunque fuera por nostalgia, ‘Insert Coin’.

El primer día Fase se animó a acompañarme y algún otro día se vino alguno más de mis compañeros de banda, pero en general no se les veía muy interesados al respecto. Tampoco puedo culparles, teniendo en cuenta las genialidades de realidad virtual que estaban saliendo al mercado en ese momento. Mover un joystick de bola y aporrear botones debía de ser para ellos algo, cuanto menos, tosco y poco envolvente, pero para mí era lo mejor del mundo.

A este chico le conocí echando una partida al Street Fighter 2 (Turbo). Yo jugaba en el lado del player one, y eso quería decir que en cualquier momento otra persona podía colar su ficha y retarme, dejando a medias la partida. Eso fue lo que este chico hizo. Al principio me temí que pudiera ser algún seguidor que me hubiera reconocido, pero pronto se disiparon mis miedos. Al menos alguna ventaja tenía el look de la gorra, que al no llevarlo pasaba más desapercibida. Pero daba un calor de narices en los conciertos.

Yo manejaba a Ryu, por supuesto. Mi contrincante, por una simetría del destino, cogió el mismo personaje. Al ser la versión Turbo, podía hacerlo sin problemas. No era nada malo, tenía que admitirlo, y me tuvo entre las cuerdas un par de veces. Pero leches, si había un juego en el que era una máquina era precisamente ese. No había derrotado a todos los personajes en máximo nivel de dificultad sin perder un solo combate (aunque sí varios rounds) para que el primero que llegara a retarme me hiciera morder el polvo. Dejó el mando y me miró fijamente, y en ese momento yo hice lo propio, porque aún no me había fijado en su rostro.

Hay algo que tengo que admitir ahora, porque en ese momento no me lo admití a mí misma, y es que cuando vi su cara lo primero que pensé fue en Distorsión. Había, sin embargo, una crucial diferencia: estaba sonriendo. Sonriendo, no de manera forzada, simplemente la sonrisilla del perdedor que, en el fondo, aunque ha sido derrotado se lo ha pasado bien y eso equilibra su balanza interior.

—Eres buena, lo admito.

—Años de práctica —dije con toda la chulería del mundo.

—Quiero una revancha.

Así lo hicimos, y esta vez él me ganó a mí, pero hay que decir que por poco (llegamos a hacernos doble KO y todo). Después de esa echamos siete u ocho partidas más, todas Ryu vs Ryu, por supuesto. Parecía que ambos estábamos especializados en un solo personaje, ¿para qué cambiar?

Después de eso echamos una partida colaborativa al TMNT IV: Turtles in Time. Era un beat‘em up de las Tortugas Ninja en el que calzaban tortas a diestro y siniestro al mismo tiempo que viajaban por todas las épocas pasadas y futuras. Años noventa en estado puro.

El juego no lo escogí yo, pero no pude evitar sonreír para mis adentros.

Nos pulimos el juego con una sola ficha (bueno, dos) en apenas veinte minutos estándares. Le dejé proponer juego de nuevo.

—¿Qué tal un Keyboard Hero?

En ese momento el semblante se me puso muy serio. El Keyboard Hero era una variante de un juego llamado Guitar Hero en el que manejabas una guitarra simplificada y tocabas genuinos himnos de grupos famosos como Metallica o Queens of the Stone Age. En la variante que proponía, como es fácil de suponer, se usaba una versión simplificada de un teclado.

Lo que me hizo empalidecer era que tal vez aquel chico sí era un fan que se había percatado de mi presencia, y en ese momento exacto se había delatado.

—¿Dije algo? —comentó, notando mi largo silencio.

—No, no es nada… es sólo que… —no continué.

—Bueno, da igual. Está claro que a ese juego no te apetece. Propón uno si te parece mejor.

—¿Qué tal un Guitar Hero?

Frunció el ceño.

—¿Nivel de dificultad?

—Medio, por supuesto. Tengo un par de amigos que se manejan en el modo experto, pero eso es para unos privilegiados.

—Para mí Medio ya es para unos privilegiados.

—Así que debo entender que te rindes.

—Ni lo sueñes, chica rara —se limitó a afirmar acercándose a la máquina y echando un par de fichas en la ranura.

***

Volví a casa sin tener ni la menor idea de cuál era su nombre en realidad. Pero yo tampoco le había dicho el mío, así que estábamos empatados. No pensé mucho más en aquel día, todo hay que decirlo. Me lo pasé bien una tarde y punto. Bajé algunas otras tardes pero no le vi. Tampoco hice ademán de buscarle, aunque tengo que admitir que no fui a las mismas horas sino a otras distintas, aún no sé muy bien por qué. El caso es que lo inevitable acabó por acontecer, y volvimos a cruzarnos de nuevo otro día.

—He estado practicando —fue todo lo que dijo nada más verme jugar al Street Fighter.

—Ya lo veremos —contesté eligiendo a Ryu.

***

No fue hasta la tercera vez que nos encontramos que ya nos decidimos a ir a tomar algo en algún local cercano. El peliagudo momento de sentarse y ver de qué pasta está hecho el otro, aunque con ciertos matices.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó. Pero no podía decirle mi nombre, a riesgo de que me identificara con los Jammers, y tampoco podía darle mi nombre real. Eso es algo que reservo como un tesoro muy valioso que sólo daré a alguien con quien tenga la máxima confianza.

—Si te parece bien, nada de nombres. ¿Estás de acuerdo?

—De acuerdo por mí.

Hablamos de muchas cosas, por supuesto, todas ellas intrascendentes, como mandan los cánones. El propósito era divertirse, saber del otro, no más que eso. Gustos, aficiones. Sin compromisos de clase alguna.

Las pequeñas confesiones empezaron a la cuarta o quinta vez que nos vimos. Me dijo que toda su familia y amigos habían muerto, y que él mismo había visto su final muy, muy cercano.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Un accidente manejando un aparato electrónico. Estuve clínicamente muerto durante meses. Cuando desperté, lo había perdido todo. Familia, amigos, hogar. Todo.

Empalidecí. Por supuesto, el sensor de las chicas de ‘mentiroso que trata de conmoverte’ estaba funcionando a toda máquina, pero de algún modo que no sé explicar, sabía que no mentía. O que, como poco, él se creía totalmente lo que estaba diciendo.

Le hablé de mí. De eso va el juego, ¿no? Compartir confesiones entre almas secretamente solitarias. Le conté mi experiencia en Wingbolt, mis aspiraciones en la vida, mi soledad, cómo nadie ni siquiera había tenido que usar mi nombre en todo ese tiempo. Fui un poco más atrás en el tiempo, de hecho, y le di pistas cruciales para entender quién era yo en realidad sin llegar a decírselo del todo, algo que no había hecho con Overdrive, Fase, Delay ni Distorsión jamás.

 ***

Volví a casa muy contenta y al mismo tiempo muy triste. Sólo quien ha vivido algo así puede entender a lo que me refiero. Me senté en un sofá, me calé una gorra que había por ahí —del grupo Garbage— y me puse a escuchar, en mi viejo walkman, Milk. I’m waiting, I’m waiting for you, suplicaba Shirley Manson mientras trataba de dejar la mente en blanco.

Para cuando me quise dar cuenta y apagué el viejo trasto, Overdrive estaba haciendo esos mismos acordes, mientras Fase tarareaba el estribillo con tonillo jocoso.

—Vale —deduje—, así que A) tenía el volumen muy alto y B) me habéis visto con él. Genial.

—Sólo yo, pero vamos, ¿a qué esa cara? —comentó Fase cogiendo sus baquetas y golpeando en uno de los platillos—. Yo diría que la cosa va bien, ¿no?

Me levanté furiosa y comencé a caminar a pisotones hasta mi habitación. Aún podía escucharles mientras me estaba alejando.

—Creo que se le está empezando a pegar algo del carácter de Distorsión —comentó Overdrive por lo bajo.

Cerré la puerta y me tumbé en mi cama. Me sentía confusa, confusa y molesta al mismo tiempo. No lo entendían, joder. Chicos. Aquí te pillo, aquí te mato. No entendían que para nosotras no era una cuestión de oportunidad, sino una cuestión de elección. Y muchas veces, elección en un momento adecuado. Lo mismo, unos días antes o después, podía no ser lo mismo en absoluto.

Sobre todo, no entendían que tenía un conflicto en mi cabeza. Un conflicto que se desvaneció cuando llamaron a la puerta y dije que pasaran, fuera quien fuese.

Distorsión entró en ese momento, y de repente lo primero en lo que pensé fue en el chico de los recreativos, justo al revés de cuando le vi a él por primera vez. Simetrías del destino. No llevaba su holo, lo que dejaba ver su rostro lleno de quemaduras. Tenía el gesto torcido sólo a medias, lo que en su caso podía interpretarse hasta como buen humor por su parte.

—Voy a dar una vuelta por el satélite, por si quieres venir un rato.

No había segundas intenciones en su proposición. Nunca las había. Eso era a veces lo que me exasperaba de él, en cierto modo. Siempre tan rudo, siempre tan directo y poco sutil.

No entendía muy bien por qué le estaba crucificando mentalmente de esa manera. O al menos, no lo entendía en su totalidad. En todo caso, tal como estaba no era la mejor idea salir a dar ninguna vuelta.

—Prefieres ir solo, yo te estorbaría.

—Siempre dices que nunca paso tiempo con los demás —comentó sin más, sin adornar el comentario.

—Te lo agradezco, pero ahora soy yo quien necesito estar sola.

Sabía muy bien que Distorsión no quería salir por las tardes porque no tenía mucho apego a las multitudes, aparte de que sin querer podía cargarse algún aparato cercano y montar un pequeño espectáculo. Aparte de eso, con lo obsesionado por la autosuperación que era, llevarle a echar una partida a los edificios recreativos hubiera sido poco menos que entrar en un polvorín con un mechero encendido, eso si no los fundía literalmente hablando.

—Sea lo que sea no le des tantas vueltas. Nunca merece la pena —terminó por decir. Tenía gracia. Me hubiera encantado que estuviera cabreado, o huraño como de costumbre, y de repente se me pone en plan filósofo zen, lo que por otro lado también me cabreaba, pero qué se le iba a hacer. Total, ya se había largado a uno de sus habituales paseos solitarios. Pero tenía que admitir que era solitario porque yo le había condenado a ello.

En el fondo tenía razón y le estaba dando demasiadas vueltas a las cosas. Pero lo bueno que tiene esta historia es que ahora, por una vez, puedo poner el punto de vista fuera de mí y enfocarlo en ese largo paseo que dio en solitario Distorsión.

Yo no estuve allí para ser testigo de lo que ocurrió, claro, aunque al principio me valió con su relato de la historia. Luego pudimos hacernos con una filmación de una cámara de la calle que Fase depuró y depuró hasta dejarla bastante nítida dentro de lo poco que habían invertido en la resolución de ese trasto.

Todo ocurrió en una zona de callejones especialmente alejada del bullicio, así como de nada ni remotamente interesante en términos de consumo. Distorsión andaba indolente por la calle, con las manos en los bolsillos, pensando vete tú a saber qué, cuando de repente los focos de la calle aumentaron de intensidad, tanto que en el vídeo hubo un momentáneo deslumbramiento. Tampoco pasa nada por algo así, ¿no?, se puede pensar. Pero el hecho de que justo apuntaran en la dirección de Distorsión hacía pensar que aquello no era casual en absoluto.

Al fondo, apareció una silueta en sombras. Imposible distinguir su cara, ni siquiera después de que Fase Houdini obrara su magia. Puños cerrados, postura de amenaza. Levantó una mano haciendo un gesto de saludo.

No había sonido en la imagen, por supuesto. “Hola, Distorsión”, dijo Distorsión mientras veíamos la imagen, haciendo de doblador improvisado.

Justo después de eso Distorsión, al que teníamos en un ángulo más cercano, activó su holograma, pues era evidente que le habían reconocido más allá de todo farol que se estuvieran echando.

“Quién eres”, le preguntó Distorsión. Y dice que después de eso, su voz sonó muy fuerte, como si llevara alguna clase de micro, pero sin que pensara que llevara uno en realidad. No pudo explicárnoslo de mejor manera, pero una sospecha se empezó a fraguar en nuestras mentes colectivas, así como en la de Adrian, callado y pensativo, analizando la imagen a través de sus gafas cuadradas.

“Toquemos, Distorsión. Tú y yo”, dice que mencionó, y luego dijo una frase que no entendió y fue incapaz de recordar. Traducción, trabajo para Fase en depuración de sonido.

Lo que sí que entendimos y vimos todos fue cómo el desconocido avanzó hacia Distorsión, dejándose ver a la intensa luz, y apreciamos, anodadados, que su rostro estaba cubierto por un holograma, pero no aparentaba nieve como el de Distorsión, sino que estaba pixelado, como los de los testigos de los que se desea preservar su anonimato. Pero Distorsión dijo que la sensación de ver algo así en vivo, no a través de una pantalla, era infinitamente más perturbadora, porque a través de los píxeles, aunque no podía distinguirse su semblante, sí era capaz uno de apreciar su gesto de odio.

“Me llamo Breakdown, Distorsión. Ya nos veremos por ahí”, fue lo que, según Distorsión, dijo justo antes de que las luces aumentaran en intensidad lumínica, poco a poco pero cada vez más. El propio Distorsión la reventó a distancia, la imagen se sumió en sombras, y el vídeo paró.

—Como podréis suponer —acabó Distorsión— no se quedó a tomar nada después de eso.

De modo que Fase tenía curro por delante, sin duda. Y ver a un tío tan perturbador como ese tal Breakdown le hizo ponerse al tajo en cuanto tuvo la menor ocasión, tratando de obtener hasta las más ínfima pista de sonido del ruido ambiente de la grabación, aislando longitudes de onda, en definitiva aplicando un poco de su toque único y personal a aquella tarea.

Para cuando acabó, no tardó en compartir con nosotros el resultado.

—He aislado la escueta conversación llevada a cabo entre Distorsión y nuestro amigo el cara de sprite —dijo sin que la mitad de nosotros pilláramos la broma—. Sobre las partes que Distorsión nos dobló no tengo nada que añadir, son más o menos como él nos dijo, algo más teatrales, quizá. En cuanto a la frase misteriosa… esto es todo lo que logré aislar.

Tres palabras. Tres palabras que me dejaron la piel con la palidez de la cera en ese momento.

—No lo entiendo bien —comentó Overdrive. ¿Rey versus rey?

—Creo que no —dije, sin poder creer mis propias palabras—. Ryu versus Ryu.

Callé, y creo que sólo una persona entendió el por qué de mi silencio.

—¿Qué demonios es un Ryu? —preguntó Fase.

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